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"CONSTRUYAMOS JUNTOS CON ESPERANZA"
Cinco de ayer y de hoy
Cinco árboles en fila
se secaron ese año
Cinco árboles perdieron lozanía
vigor, la verde fuerza.
Intentos se hicieron
de reverdecer la cuadra,
de plantar nuevamente
a aquellos que se secaron
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Ellos no vuelven...
Ellos dejaron sus raíces en nosotros
que formaremos hoy la comunidad actual.
¿Seremos capaces de perdonar
y sobre el amor construir cada día?
Sólo así volverán a florecer.
Estas palabras no encierran en sí una metáfora: son una realidad, lo que pasó a lo largo de ese primer año en que una familia veía como cinco de sus miembros eran arrebatados de lo que fuera su constante: el amor al prójimo y la generosidad.
A la consternación de los primeros tiempos le siguieron el valor de muchos, el silencio de algunos, la falta de paz y comprensión en el corazón del otros, todos sentimientos que convivían bajo el techo que nos albergaba y desde donde se nos enseñaba a vivir la Verdad del Evangelio.
No fueron tiempos fáciles ni en la comunidad ni en el país. Día a día se conocían los nombres de familias que vivían la pena de tener que buscar a algún desaparecido, perdiendo cada vez mas la esperanza y sin poder tener el duelo o el luto debido ni aun en su intimidad. Un mes después del crimen de los palotinos otro horror nos congregó en oración: el Padre Obispo Angelelli también halló la muerte violentamente "demostrando que los que no tienen Patria, tampoco tienen Dios", como publicaron algunos medios en julio de ese año.
En medio del crecimiento de ese dolor compartido llegó el primer aniversario de la muerte de nuestros hermanos: ese día fuimos todos Juan y Mateo, Lucas y Pedro, Andrés, Santiago y Bartolomé siguiendo al Señor. El templo abarrotado de gente que en silencio participó de una celebración que a ojos de muchos era inexplicable: se celebraba la vida ¿pero qué vida? La predicación del Vicario de Belgrano, el Obispo Guillermo Leaden, quien presidía la celebración en su doble carácter de hermano y Pastor, nos llevó por el camino que algunos buscábamos con dificultad: la paz.
Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que fue a partir de ese día que comencé a sentir mas fuerte en mí el valor que la vida/muerte de mis hermanos me había dejado. Hasta entonces me había costado comprender el por qué, encontrarle una razón, entender el mensaje que habían dejado en nuestro corazón. Todavía mis sentimientos eran de rencor y perdón ¿hacia quién? No podía mirar sus rostros, nombrarlos, sin que las lágrimas llenaran mis ojos. Muchas veces, compartiendo momentos con las madres de Emilio o de Alfie y viendo correr a mis pequeños hijos a mi alrededor; esas lágrimas me sabían mas amargas aún...
El tiempo transcurrido hizo madurar en mí el valor aquel. De sus vidas de entrega y generosidad, de su amor por los mas necesitados, de la alegría de la amistad compartida, de sus palabras acertadas en el momento oportuno, de la mirada sincera y el apretón de manos pude rescatar la necesidad que entregar mi vida a mis hermanos, sobre todo a aquellos que por su corta edad no tenían de ellos sino un breve recuerdo.
Sus presencias en las comunidades en las que vivieron son tan fuertes hoy como lo fueron entonces. En nosotros está que lo sigan siendo, que cada miembro de cada comunidad sepa de su enseñanzas, conozca la fuerza de las palabras de Alfie, la paciencia de Alfredo, los silencios de Pedro, la profundidad de Salvador, la alegría juvenil y sana de Emilio.
Hoy siendo su permanencia en mi vida y recurro a ellos. También hoy sé que releyendo sus escritos encuentro el mensaje actualizado que me ayuda en mi compromiso eclesial. Se escribió sobre ellos: "Juntos vivieron, juntos murieron". En la Cruz del Señor asumieron el martirio. Son un ejemplo de comunidad.
Gracias Pedro, Alfie, Alfredo, Salvador y Emilio.
LIDIA HANUSIAK
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